viernes, 25 de mayo de 2018

Preguntas



Me preguntaste una vez si acaso te perdonaría una infidelidad. No respondí. 

Quería decir que sí, que no creía que eso fuera más grande que nuestro amor. Que un amor así, bonito, no podía ser derrumbado por una calentura y una necesidad de venganza; pero no dije nada. 

Tú tampoco insististe y en dos segundos ya estábamos hablando de otra cosa. Creo que habrás pensado que igual que tú pensaría en la disolución inmediata, aunque tampoco creo que lo hicieras. Aunque no lo sé.

Pero, más que de la ruptura hablabas de cortármelo si descubrías mi traición. Cosa que más que miedo me daba risa. Y entre risa y broma, con mis manos ocupadas en ti, no dije nada.

Ahora que lo pienso (y no tengo una puta idea de por qué pienso en eso ahora) creo que no te dije lo que pensaba porque no quería que tuvieras ese poder, el poder de contar con mi perdón. Y sé que es una estupidez porque te conozco, y porque hablamos de tantas cosas con tanta confianza, que por eso es que días después me quedé pensando en el porqué de mi silencio.

Y aquí estoy ahora, tecleando sobre eso.

domingo, 20 de mayo de 2018

ese bote repleto

Esto es como le decía Gavrí a no recuerdo quién: "llevar los conflictos interiores a veces hasta hace que uno escriba poemas". Creo que así pasó con estos versos. Creo que es parte de ese proceso que decidí iniciar, en el que creo que han fluido algunas cosas. De ese proceso salió aquel supuesto soneto blanco que resultó bastante percudido, y que habiendo dormido a la perezosa apatía que me susurraba dejarlo así, retomé, para hacerlo como "dios manda". Y luego una manita de gato de mis amigos en Ultra.


Dentro de un bote lleno de utopías
donde están enterrados varios sueños,
infantiles y torpes mis ensueños
mi tontera poblando fantasías,

la vergüenza por mis carroñerías
deseando que fueran de otros dueños,
tímidos y tortuosos mis empeños:
burdo catálogo de niñerías.

Ahí debí dejar mi gran quimera
los castillos de naipes que he creado
las mentiras que visto de verdades;

lo que ya me pudrió la primavera
mis fantasmas y todo lo que he odiado,
la sal que echa a perder mis realidades.



miércoles, 16 de mayo de 2018

un bromista

Estás en una habitación, en la habitación hay una mesa y una silla en la que estás sentado, apoyado sobre la mesa ya que estás dibujando o escribiendo. Llegas a ese punto en que no hay nada más en tu cabeza que lo relativo al dibujo o las palabras escritas. Te alcanzó la inspiración, quizá. De repente la luz se apaga y te quedas sin ver nada. Tu inútil hábito de esperar hace que te quedes inmóvil aguardando a que la luz regrese, a veces sólo tarda unos cuantos segundos, así que no hay por que alarmarse. 

Minutos más tarde te levantas y caminas hacia el apagador. Te sorprendes, ya que el interruptor se encuentra del lado en que está apagado. No se fue la luz, alguien la apagó (presionó el switch para cortar la energía en el cuarto). En tu cabeza se forman varias ideas absurdas sobre el por qué se apagó la luz, pero aunque tu imaginación vuela para dar forma a las más disparatadas teorías, tu rezagado sentido común te dice que alguien la apagó.

Un poco consternado, regresas a los trazos o las letras, y poco a poco te comienzas a abstraer nuevamente hasta que nada te perturba y sólo te dedicas a lo tuyo. La luz se vuelve a ir. Esta vez no esperas, luego de maldecir por la jodida situación te levantas y te diriges al apagador. Molesto, compruebas que alguien la ha vuelto a apagar. Parece que a ese alguien le resulta bastante divertido reír a tus costillas.

Enciendes la luz y regresas a la mesa para seguir con lo tuyo. Pero ya no es tuyo. Tu mente no tiene ahora la capacidad de poder concentrarse en lo que estaba haciendo. Tomas el lápiz y trazas con él, pero hay algo que no te deja en paz. No dejas de pensar que en cualquier momento volverán a presionar el switch cortando la energía, aunque ya no la inspiración que se fue a resguardar a otra parte, ella no es paciente. De tiempo en tiempo volteas hacia el apagador esperando sorprender al sigiloso bromista.

Los minutos pasan, pero son más los que dedicas a tratar de cachar infraganti al ocioso jodón que a avanzar en lo que haces. Escribes palabras de enunciados sin alma más por inercia que por convicción. Regresas sobre las mismas líneas que has estado trazando sin atreverte a ir a otro lado adonde necesitarías de toda tu concentración. 

La convicción de que doña inspiración regrese si persistes en el tratar de crear, si no retiras tu culo de la silla y continúas a pesar de la torpeza y la ausencia de articulación, hace que olvides un poco la posibilidad de interrupción a causa del impertinente guasón. Poco a poco, parece que la elocuencia se vuelve a manifestar en tus manos.

Volteas hacia el interruptor, quizá más por inercia que por afán detectivesco. Lo has hecho justo un instante antes de que el travieso apague la luz, una centésima de segundo antes de que las imágenes cedan ante la oscuridad. El instante preciso para ver, totalmente horrorizado, que eres tú quien ha presionado el apagador.



lunes, 14 de mayo de 2018

Fantasías

Al parecer me he construido varias fantasías. Al principio me sonó a una exageración, me resistí a creerlo. Poco a poco vi que no. Incluso les he puesto pisos bonitos y me he esmerado en adornarlas. 

Una de ellas, la que más me afecta, es una que me dice que mi madre no me quiere. Y mi narcisismo y vanidad me hacen decir que sí me quiere, pues es mi madre, con una chingada, ni modo que no me quiera, que tampoco soy un hijodeputa. Pero eso es sólo una fachada, la cortina de humo que me hace quedar bien, ni modo que vaya lloriqueando que mi mami no me quiere. 

Pero me quedé pensando –porque si algo he hecho en estos últimos meses de torturarme en el diván es pensar– que tampoco es que sea un niñito llorón que se queja de todo. Lo acepto, es mi fantasía, la he moldeado con esmero. 

Pero cómo no estaría firme ese jodido producto de mi imaginación si mi madre parece también esmerarse en hacerla fuerte y saludable. Si abona constante y ferviente el ya de por sí enorme tronco. Si aparenta deleitarse en darme argumentos que fortalezcan mi inconsciente creencia. Si parece ser tan feliz cuando me jode sin razón alguna.

Sólo veo que la he construido firme, pero que ella me ha arrimado demasiados ladrillos.


jueves, 10 de mayo de 2018

Campeones

El tiempo pasa, siempre constante, incansable, dejando marcas por su paso. Conforme envejecemos nos parece que fuera más rápido, que hiciera ciertas travesuras para ser veloz en momentos que quisiéramos se entretuviera al dejar pasar los segundos. Pero don Tiempo no guarda rencores ni juega bromas. Es implacable. Trata igual a quien aprovechó sus días como a quien los desperdició.

Pasa, que hace meses me di cuenta que este año se cumplían veinte de que junto a mis compañeros beisboleros de la preparatoria, ganamos el campeonato de beisbol de la Universidad Autónoma del Estado de México. Nosotros, chamaquillos que preparatoria derrotamos a todas la facultades a las que nos enfrentamos, culminando con la victoria sobre el, creo que pentacampeón, Arquitectura, en un juegazo que terminó 2 - 0.

Esa es, debo decir, una de las grandes alegrías de mi vida. La gran victoria deportiva que puedo presumir con un brillo raro en mi mirada (eso creo, aunque igual y mis ojitos tristes ni siquiera cambian).

Aquí está la foto que salió en el periódico el Sol de Toluca (¡ah verdad!), que tengo en mi poder gracias  a que me la fui a robar de la hemeroteca del Centro Cultural Mexiquense. Pero ya que estoy hablando de alguno de los crimencillos de mi vida, debo decir que no creo que a nadie más le sirviera la página del periódico que sustraje. Salvo a alguno que quisiera cometer la misma fechoría.



De lo que me di cuenta hace menos tiempo, es de que hoy 10 de mayo, día en que en este país se celebra el día de la madre, también se cumplen veinte de que el glorioso equipo de nuestra ciudad fuera campeón después de 23 años de no hacerlo. En un partido emocionantísimo, que me hizo ver a mi equipo campeón por primera vez en mi entonces todavía corta vida. La primera de muchas hazañas del equipazo comandado por san José Saturnino Cardozo. Aquí debo confesar otro crimen que no me dejaron consumar: quería llamar a Gil, Gildardo Saturnino :D.

Así que hoy tengo dos motivos para brindar y recordar buenos momentos, sumados al tradicional por los seres más bellos que creó diosito. 



lunes, 7 de mayo de 2018

dilemas de la tecnología

Sería ocioso hablar sobre las maravillas que ha traído la tecnología a nuestras vidas, con la otra cara de esa moneda en la podredumbre que ha representado en ciertos aspectos.

Desde escuchar al que clama que no sabe cómo podíamos vivir antes, casi desconectados; hasta el otro extremo del que lamenta la desconexión del entorno inmediato del que vive pegado a sus redes, y no se desconecta ni para cagar.

Esta tecnología le ha dado voz a todos, nos ha dotado de un altavoz que decidimos si usar o no, y se puede ver –a veces se tiene que ver forzosamente ante la insistencia– la verborrea desbordante de quien no conoce el valor del silencio y está convencido de que todos debemos enterarnos de cada estupidez que le cruza la cabeza. "Cada uno puede decir lo que quiere y si no te gusta pues bloquéame, porque este es mi muro y ahí digo lo que quiero". Y eso es lo que se acaba haciendo, borrando a los necios gritones.

Las redes nos han igualado a todos. Cualquiera puede decir lo que quiere. Cualquiera puede publicar un libro. Digo publicar que no es escribir. No cualquiera puede escribir un libro pero todos pueden publicarlo, y por qué no, llamarse escritores. Es lógico, si ya tienen un libro en las manos con su nombre en la portada, así no sepan lo que es la sintaxis. 


Dijo Síndrome al Señor Increíble que cuando todos fueran súpers nadie iba a serlo. Y es la verdad. Si cualquiera puede publicar su libro, cuál es el mérito.

Si me alegra saber que mi amigo ha escrito un libro y le compro un ejemplar por una mezcla de morbo y apoyo, pero al empezar a leerlo veo que la mierda que tengo en las manos tiene errores de tecleo y faltas de ortografía, qué podría pensar de "todos" los demás libros publicados por sus autores. En este mundo de las generalizaciones pensaré que todos son mierda.

Ese es un problema. Si voy a un restorán y pido algo que tiene un sabor horrible no regresaré a ese lugar a probar nada más. Ahí se quedará sin conocerme ese otro guiso que sí es delicioso.

Entonces parece que no es tan buena la democratización de los medios porque el mundo está lleno de irresponsables. Sin hablar de gente sin escrúpulos.


jueves, 3 de mayo de 2018

el polvo en la casa



Cuando mi madre sabe que va a tener una visita se esmera en que la casa, o al menos las partes que quedarán visibles a los visitantes, queden limpísimas. Pide a la señora que la ayuda en el quehacer que deje de hacer cosas que están dentro de su rutina de limpieza para poner atención en que todos los recovecos de la sala, comedor, baño y cocina (porque puede ser que la atrevida visita quiera meterse a la cocina por alguna razón) se vean sin la más pequeña partícula de polvo. Mi madre ya no posee una vista que pudiera presumir pero para asuntos que mezclan polvo escondido y visitas, se le agudiza el enfoque como si de los ojos de un halcón hambriento se tratara.

El problema surge cuando esas visitas llegan sin que hayan avisado su presencia. En que aparecen cuando no se les espera y el travieso destino hace conjugar la aparición de los visitantes con el polvo acumulado –que pasó inadvertido– de un par de semanas en las que no llegó nadie extraño a la cotidianidad de la casa. No lo sé de cierto pero imagino que mi madre experimentará algo parecido a las guerras internas que juego cuando no logro dejar de morder mis labios y por alguna razón no puedo hacerlo, o cuando no puedo dejar de mirar ni de pensar en eso que alguien me ha movido de lugar y no puedo colocar en su lugar designado. Es una espina gigante bien clavada en la planta del pie.

A pesar de que siempre se le dice a los amigos e incluso a meros conocidos: ven a visitarme, ven cuando quieras, mi casa es tu casa. No son tan bien recibidos de improviso. Imagino que lo primero que le pasa a mi madre por el pensamiento es: Cómo vino esta persona a visitarme sin avisar. ¿Por qué se ha tomado esa libertad?

A tantos años de convivencia con mi madre y a tantos años de ver que no nos correspondemos en casi nada, la conozco mucho más de lo que ella quisiera. Así que sé que su molestia en caso de ser sorprendida con la casa algo polvosa no se debe a una obsesión con la limpieza ni a cosa parecida, sino a lo que la visita pueda ver, pensar, juzgar y siguiendo la cadena, contar a los demás sobre el mucho o poco polvo que acompaña a nuestra casa. Creo que a mi madre la aterra que su supuesta condición de mujer sucia, pésima jefa de casa, o algún otro adjetivo que pueble la imaginación del chismoso esté en boca de todos los demás.

Que si van a hablar sobre ella y su casa hablen de lo lindo que se ve su hogar con toda la madera que le mandó poner y en lo brillante y cuidada que esta está, de su creciente colección de campanas coleccionables o de lo brillantes que están sus copas de cristal cortado en el nuevo mueble que luce monstruoso desde su comedor.

La razón de esta obsesión es demasiado simple y humana: cuando ella va a casa de cualquier persona, es mirona, juzgona, criticona, y dado el caso y la persona indicada, chismosa (aunque según ella si lo que se comunica es verdad no es un chisme). No creo que haya lugar o momento en que su inquisidora mirada no se pasee por todos los rincones que a la vista estén para inspeccionar el qué y el cómo de esa casa; para juzgar si lo que vio es pasable, agradable o inadmisible en un hogar bueno y respetable.

Y la cosa no es que mi madre se dedique a ver las pajas en los ojos ajenos mientras la viga del propio se le desparrama sin remedio. No. Eso no pasa porque ella hace todo lo posible porque así sea. Ella se deshace de su viga. Cuando su casa se enfrenta a miradas como la suya, generalmente está preparada con el brillo necesario que cegué al juzgón y duerma su mala prensa.

Es cierto que las apariencias engañan, pero los demás no tienen forma de saber cual es la cotidianidad del lugar en el que mi madre habita, que como podrán imaginarse nunca está desordenado, eso es algo que ella no puede permitirse para el lugar donde vive. Si hablamos de apariencias siempre será mejor aparentar limpieza y orden que suciedad. 

Y mi madre es campeona de las apariencias.