viernes, 21 de noviembre de 2014

Confesiones...


Conocí a Leticia en una fiesta a la que asistí con Omar y su novia. Casi ocho meses exactos, después de que mi ahora exmujer me echara de su vida. Casi a dos meses de haber firmado el divorcio. Un divorcio que no debió ser, porque habíamos acordado no casarnos. Dos personas están juntas porque quieren estar juntas, no porque un papel dice que deben estar juntos. Hasta que la muerte los separe es mucho tiempo. Eso decíamos nosotros, faltaba ver lo que decían sus padres, tan buenos católicos ellos. Si de por sí era un disparate no querernos casar por la iglesia, lo era más querer vivir en unión libre, Cómo animales, le oí decir una vez a su abuela, sin la bendición de nuestro señor; claro está que su señor no era el nuestro. Pero como todos se imaginarán, terminé casado, ante dios y ante los hombres, como debía ser. La única hija de esa familia no podía protagonizar semejante sacrilegio. Alguno de sus hermanos tal vez, pero ella no.

Para hacer el numerito de la boda hay que prepararse, incluso tomar un curso o retiro como le llaman ellos. Prepararte para ser un buen marido, ella una buena mujer, una pareja como dios manda. Un fin de semana donde te das cuenta que las ñoñerías de cierta gente alcanzan grados que no te crees. Esa gente, ¿de verdad así piensa?, esos ademanes plásticos son los de todos los días, o sólo se están luciendo ante el sacerdote y ese dios que todo lo ve, que ya me ha visto cada que puedo ver los pechos de la futura señora González, pero él entenderá que están lindísimos y más bien sería pecado no admirarlos, ese escote, aunque discreto, es una clara invitación; además, con el riesgo que supone no ser descubierto, ni por mi mujer, por ella o su futuro esposo.

Esa idea del dios que todo lo ve sólo me atormentó en mi entrada a la adolescencia, cuando descubres a la masturbación tu mejor amiga, y no sabías que tanto placer era posible, ni que tu imaginación fuera tan buena. Ya le habías hecho el amor a la siempre deseada amiga de tu madre, a la maestra de educación artística, a la prima segunda que conociste en el velorio y a esa compañera tan bien desarrollada: que la fama de puta, en tu mente no importaba, ella te quería sólo a ti. Me atormentaba que dios hurgara en mis deseos libidinosos y en mis fantasías perversas, donde yo era el rey del sexo y ninguna mujer quedaba insatisfecha. Que me viera masturbándome con la imagen de la caja de las medias de mi madre, qué piernas tan espléndidas tenía esa sonriente mujer; con la foto del periódico, con las mamasotas del Condorito. Que leyera en mi mente todas las cosas que quería yo hacerle a esas mujeres. Me avergonzaba, me avergonzaba muchísimo. Y aunque había ya entendido que pensar y hacer todo eso era pecado, y que vivir en pecado era muy malo, nunca me atreví a decirle en mi confesión al padre, que dentro de mis actividades cotidianas se encontraba la masturbación frenética y la imaginación desbordada. Si ya dios lo sabe, este hombre no tiene por qué enterarse que me la jalo casi todos los días. Le dice Clementine a Joel en “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, cuando tratan de esconderla en su mente, para no ser alcanzada por el artefacto borra recuerdos: Llévame al lugar más vergonzoso; la lleva a un recuerdo donde masturbándose con un comic zoofílico, es brutalmente sorprendido por su inoportuna madre. Pero ni entre tanta vergüenza escapa al olvido.



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