martes, 20 de junio de 2017

de egos y ¿escritores?


Siempre han existido egos desmedidos, pero entre la multitud de presuntuosos presumidos hay un porcentaje que alardea de lo que no existe, que presume lo que no tiene y que se cree algo que jamás podrá ser. Quizá personas a las que de niños sus padres exageraron con aquello del “tú eres el mejor”, carentes de toda objetividad y autocrítica, y no sé cuántas cosas más.

Esto que escribo viene después de haberme topado con un posteo de cierta chica a la que hace mucho había dejado de seguir. El dichoso posteo aludía a la presentación (¿en sociedad?) de lo que presumía era su quinto libro publicado. ¡¿Quinto libro!? pensé, con todo el morbo del que soy capaz. Pero si recuerdo que esa chica escribía horrible, con tildes arbitrarias y puntuación deficientísima.

Mi gran morbo me llevó a abrir el posteo para comprobar si lo que recordaba era verdad o si acaso la chica en cuestión se había dado a la tarea de trabajar en su escritura. Todo es posible.

Al ver la mentada presentación del libro, comprobé que todos mis prejuicios hacia su persona eran realidad, pero iban hasta el extremo de lo que para mí es absurdo. La escritora, que así se autonombra esta desubicada mujer, alardeaba la publicación de su quinta novela en una pésima presentación en la que además aseveraba estar trabajando en la próxima sexta entrega de sus libros.

Tenía que ir a ver cómo era ese quinto libro así que pinché el enlace. Al leer la primer página de la supuesta novela experimenté un nuevo nivel en lo que a pena ajena se refiere. Ya se imaginarán lo que me encontré.

No soy alguien que guste de joder a las personas por internet pero creo que hay cosas que se deben decir, así que le dejé un comentario en su posteo donde le dije que había demasiados errores ortográficos en la primera página de su libro. Lo que hizo al leer el comentario fue borrarlo, desconozco si habrá ido a averiguar si lo que le dije era malaleche o una verdad.

Algunos dirán que debería importarme una mierda lo que los demás hagan y lo que los demás se crean. Y sí. Me vale madre. Pero no me vale madre que una tipeja que no distingue entre lástima y lastima vaya presumiendo que es escritora y que escribe libros. Libros que evidentemente autopublicó, en los que no existió una mínima revisión ni cosa parecida.

Porque por gente como ella –que son millones– es que muchos piensan que los libros autopublicados son basura, que ningún libro autopublicado tiene calidad en ningún aspecto, que estos libros son la alternativa para que snobs ególatras se llamen escritores.


sábado, 17 de junio de 2017

¿somos?



Haciendo alusión a un popular anuncio de camionetas yo preguntaría: ¿Y las películas apá?

Dónde jodidos me han puesto las películas. Ni siquiera las personas que leen más libros –esos que se leen algo así de un libro por semana– leen más que lo que ven películas, sea en un cine, la sala de su casa o en el celular. Ahora pensemos en las personas medianamente “cultas” con ciertas nociones de las cosas trascendentes y algunas tonterías banales, leeremos (porque creo estar en este grupo), algo así como un libro por cada diez o veinte películas, quizá más, algunos leemos lento, y luego están los juegos de beisbol y los partidos de básquet, o la chela con los amigos y la noche de pasión.

Pero pienso que escribir en esta triste frase “las películas” la banalizaría totalmente, lo que la haría perder el glamour que le da la fuerza necesaria para que la gente de este grupo snobizado la comparta con tanto orgullo: esos que leen y toman café.

Porque no vamos a hablar del grueso de la población que no lee ni lo que le piden leer en la escuela o que leen los pies de foto y los títulos en las revistas del corazón. Seamos conscientes.

Aunque ya en estos tiempos –tan olvidados de dios y sus apóstoles– creo que lo de verdad difícil será lo de una charla profunda acompañada de un café (aunque todos sabemos que yo preferiría acompañarla con algo que tenga alcohol). Imaginen una charla y un café sin interrupciones de whatsapp. Antes de eso, alguien se leerá el Quijote en una semana.

miércoles, 14 de junio de 2017

¿Cuántas muertas más?



Si conozco a mi especie y conozco a mi género, debo decir con toda la pena que me da un asunto de este tamaño, que no creo que algún día termine esta pesadilla de violencia contra las mujeres, que no creo que los gritos de NI UNA MÁS tengan efecto. Me resulta muy jodido decirlo pero así lo creo. Todavía más, cuando veo que la justicia no existe.

Sobretodo cuando los medios y la sociedad seguimos repitiendo los mismos estereotipos de género con los mismos prejuicios que condenan a la mujer por cualquier cosa. Si las putas se convierten y se multiplican a la menor provocación, pero las santurronas tampoco son bien vistas, “si no son mas que moscas muertas, luego luego se ve”.

Los instintos básicos son eso y no pueden cambiar. No puedo dejar de mirar las magníficas nalgas de una bella mujer, mucho menos si viene resaltada en unos entalladísimos pantalones y con tacones altos. Es algo hermoso de ver, por qué no habría de mirarlo. Pero hasta ahí. Mirarlo y admirarlo sin importar que me crean un pervertido.

He dicho que no creo que el acoso y la violencia se acaben, mucho menos si hay tantas mujeres que se exhiben como mercancías, que creen que lo único valioso y llamativo que tienen son unas tetas grandes. Pero quiero penas ejemplares para aquellos que se atrevan a transgredir la paz de una mujer, para los que en su estupidez se atrevan a tocarlas sin su permiso, quiero que castren a violadores, aunque si soy sincero preferiría que los mataran.

Quiero castigos ejemplares para cerdos de mierda y trato digno para mujeres desafortunadas. Ellas no se lo buscan. Quiero que los imbéciles calenturientos se la piensen bien antes de pensar siquiera en hacerle algo a una mujer.


Pienso en Valeria Gutiérrez Ortiz (11 años) y se me hiela la sangre. Pienso en sus padres y en el trato que recibieron después de algo tan traumático y me da rabia. Pienso en las mujeres de mi vida y me da miedo.

lunes, 12 de junio de 2017

mundo de "selfis"



No sé qué porcentaje de la población con redes sociales sea adicta a tomarse autorretratos –que para fines de que suene más cool llamaré selfis– pero es un buen porcentaje. De este número de personas adictas a la veneración de su rostro hay otro porcentaje, cada vez menor –porque eso no es cool–, que se toma fotos con sus hijos (tener hijos es lo no cool, no tomarse selfis), fotos en las que casi siempre los involucrados aparecen haciendo muecas y gestos que muestran una felicidad extrema.

Pienso –porque soy un malpensado– que esos niños serán, no muchos años después –porque se inauguran perfiles de facebook desde la temprana adolescencia o antes– muchísimo más adictos a mostrar su rostro todos los días de lo que fueron sus padres en sus días de mayor gloria selficera. Algo natural, pues lo heredaron y lo mamaron. Si tienen autorretratos desde que tenían pocas horas en el mundo.

Es lo más lógico.


jueves, 8 de junio de 2017

de Un gran chico



Terminé de leer Un gran chico (About a boy) de Nick Hornby. Lo comencé a leer en febrero pero tras unos pocos capítulos se me atravesó el Juego de tronos y fui rehén de la pasión sanguinaria del señor Martin y de mi admiración para su obra. Pero eso no es lo que quería contar.

La película –que me encanta, no sólo porque sale Rachel Weisz– se corresponde casi totalmente con el libro en el 85% de sus páginas, siendo la parte final en la que se da la ruptura entre lo que ocurre en el papel y lo que ocurre en celuloide. La razón de esto es muy obvia, en el cine hace falta síntesis y contundencia. Aunque debo decir que la manera en que decidieron concluir la película me gusta mucho (ya he dicho que me gusta cantar, verdad), y este cierre engloba el sentido de lo que pasa en el libro, sólo que con más punch.

El sentido de la vida, el suicidio, el lugar que tienen los demás en nuestra vida, el amor, tienen una mirada muy particular al ser observados por dos chicos que aunque tienen una diferencia de edad de 24 años (Marcus 12, Will 36), descubren a la par, nuevas perspectivas y sentimientos que se han desencadenado mutuamente.

Difícil saber quién aportó más a la vida del otro. Algo que no importa, mientras cada uno sea una pieza dentro de la pirámide humana de su nuevo amigo.

Es un libro muy disfrutable, con la mezcla perfecta de humor y reflexión.

Ahora debo conseguir el Choque de Reyes.