lunes, 28 de agosto de 2017

un instante


Tu día va normal, todo lo normal que se puede, y en un instante, en pocos segundos tan sólo, todo se va a la mierda. La pequeña pieza de dominó termina tirándolo todo, lo ha jodido todo. A veces ni siquiera eres consciente de qué fue lo que pasó. Sólo pasó. Y ahora, segundos después, todo es distinto. Lo dicho ya está flotando en el aire y no se puede retirar, lo hecho ya hizo el daño que iba a hacer, a veces más del que se buscaba, casi nunca menos. Lo dicho nunca va a ser borrado con unas bienintencionadas disculpas, por más sinceras y arrepentidas que sean. Lo hecho, mucho menos todavía.

Hijo de tu puta madre, grita a toda voz el conductor ante la violenta embestida del carro que impertinente se metió frente a él a sólo centímetros de golpearse los coches. La sangre concentrada, las venas salidas, la ira dispuesta. Toda la frustración de la naciente semana concentrada en esa vehemente mentada de madre. Y cuando el gritón ve salir a un enorme tipo con cara de villano de película de mafiosos que le mira con desprecio y crueldad, sabe que todo se ha ido a la mierda.

Es cierto ese cuento de los clavos en la puerta. De que cuando uno ofende a otro clava un clavo en su puerta, en su piel sería más pertinente decir. Luego, al reflexionar, para reparar el daño, se pide una disculpa o se hace algo para enmendar lo que se hizo; al hacerlo se saca el clavo que se había introducido, se quita. Pero ha quedado un hoyo en la madera, en la piel, una marca queda como señal de lo que pasó, por más bella que haya sido la compensación realizada la marca ha quedado. Se podrá tapar pero aun así, hay una marca provocada por lo sucedido, que no se vea no quiere decir que no exista.

Fue necesario un solo instante para perder la normalidad, para caer en la trampa de la ira. Para clavar en el corazón de nuestra amada la imborrable daga o para provocar al grandulón que nos viene a golpear dejando salir también su rabia.

Un instante solamente.