martes, 26 de septiembre de 2017

de algunos monstruos



Dice mi amigo Gavrí que todos los monstruos somos en el fondo románticos. No sé si todos lo sean, sé que nosotros dos sí lo somos. Eso creo.

Este párrafo es del libro que escribí, uno de los párrafos autobiográficos, un recuerdo de lo que pasó cuando me enamoré de mi Tamara, cuando me dispuse a contarle quien era, a describirle al monstruo:

Pero no quieres engañarte ni engañarla, que no diga después que le dieron gato por liebre, caballero por patán, librepensador por prejuicioso. Y decidiste hablarle de todos tus defectos, de tu pasado, tus prejuicios, tus traumas y frustraciones, quieres que vea al monstruo en su totalidad y decida si lo mejor sea retirarse sin recibir tanto daño. Aunque los defectos siempre son menos oscuros platicaditos, contados e incluso matizados a la conveniencia del juzgado, sin testigos no hay réplica ni contradicciones, nadie puede decir si exagero o miento, buscando su compasión, comprensión y amor, que la simpatía parece que la tengo ganada. El monstruo verdadero es más letal del que cuentan las historias. La historia la escriben los vencedores, nunca los vencidos, ni los agredidos, las víctimas de una humillación; siguen su vida por ahí, cargando sus cicatrices, como todos.

Es el recuerdo de lo que hice y la reflexión de lo que también hice al hacerlo. Mi ego y mi vanidad, mi amor propio (torpe, pero ahí está), matizaron al monstruo, a ese ser que parece pernoctar tras los arbustos, que a veces pareciera que se ha ido a dar una vuelta pero que en verdad siempre está ahí, con un ojo medio abierto para aparecer cuando le plazca al desgraciado. El que ella conoció realmente.

Y quizá sí seamos todos los monstruos románticos muy adentro, pero a veces no es suficiente.