miércoles, 25 de octubre de 2017

Herencias de octubre


Los que me leen de hace tiempo saben que Gil se parece muchísimo a mí. Creo que lo he mencionado ya varias veces e incluso habrán visto alguna foto para corroborarlo. Los que no lo sabían ahora lo saben. Resulta que este maravilloso niño ha salido casi idéntico a mí, para mi orgullo y mi preocupación. Y ahí va él por la vida, sabiendo también que no sólo compartimos el nombre.

Ahí está él ahora, sorprendiéndome cuando al poner un disco (es que soy a la antigüita) escoge uno de José José o de Juan Gabriel. Y entonces se imaginarán que luego ahí estamos los dos cantando desaforadamente. Y ahí estamos también pasando horas sentados jugando juegos de mesa, en casa de mi tía Lupita, como hemos estado haciendo los sábados que le toca estar conmigo. Ni siquiera se nos duermen las nalgas de tan bien que la pasamos.

Supongo que llegado el momento también empleará “malas palabras” para expresarse, porque me ha escuchado desde pequeñito y porque trae los genes el pobre niño. Para pesar de mi madre.

Me gusta creer que sabiendo más o menos cómo se siente sobre ciertas cosas, basado en lo que yo sentía en situaciones parecidas puedo orientarlo mejor que con los clichés malhechos que casi todos recibimos, del tipo del “échale ganas” y el “piensa positivo”, o aquella otra estupidez de que el que se enoja pierde o que no debería llorar por nada.

Pero mi último gran gusto ha ocurrido el fin de semana que pasó, cuando el sábado disfrutamos juntos del juego 7 del campeonato de la liga americana. Lo mejor, los dos apoyábamos a los Astros y los dos despreciamos a los Yankees. Y leyendo cómo es que me apasiona el rey de los deportes se imaginarán lo contento que estoy explicándole, por ejemplo, el por qué si el bateador fue ponchado ha corrido hacia la primera base. O cualquier otra cosa de este apasionante deporte.

Ahí estoy también contándole anécdotas de juegos que vi cuando era niño y adolescente, junto a mi padre. Sólo que nosotros mirábamos el televisor callados, y las anécdotas a mí me las contaban los señores que salían en la televisión.