lunes, 27 de noviembre de 2017

Abusos


Escribía hace ya más de tres años que todos los hombres tenemos un cerdo dentro –aunque tomando en cuenta la opinión de Woody Allen que dice que el sexo sólo está bien hecho cuando es sucio, debe servirnos recurrir al cerdo interno–. Qué podemos hacer, diosito en su inmensa sabiduría así nos hizo. A su imagen y semejanza decía el padre de la iglesia. Y entonces uno se explica muchas cosas. 

Blasfemias aparte, tenemos un instinto que dicen, nos hace pensar en sexo cientos o miles de veces al día –pero hasta en eso hay diferencias–, que nos hace voltear a admirar un magnífico cuerpo a pesar de ir acompañados o que miremos abstraídos un llamativo escote como si del Santo grial se tratara*. Aunque cualquier mujer podrá corroborar que no todas las miradas son iguales.

Así somos, lujuriosos de cuna. Pero el problema es que los medios (de todo tipo) de esta sociedad no han hecho otra cosa que alimentar al cerdo desde que era pequeño (tenemos tetas y culos por todos lados y a todas horas), y el cerdo se ha puesto enorme y está nutrido.

Alguien ha dicho que la segunda droga más adictiva que existe es la heroína, porque la primera es el poder. Ejemplos hay por todos lados. El poder cambia hasta a los más castos y atolondrados. 

Y, si todos tenemos el gen del cerdo dentro, pero no el sentido común para disimularlo a niveles en que podamos convivir con el sexo opuesto sin resultar una severa molestia –de miradas furtivas y contemplaciones mínimas–, imagínense un cerdo, bien cerdo, con poder. 

Pues... ahí están todos esos abusadores sexuales de los que apenas se conoce a unos cuantos, que creo no representan ni al 10% de los nombres públicos. Los poderosos cerdos que creen que pueden meter las manos y más donde se les antoje. 

Ahí está el botón de muestra de nuestra naturaleza despreciable. El abuso del débil, el abuso de poder. El del rico y poderoso que se cree con el derecho de hacer lo que sea porque cree también que puede comprar lo que sea. Y muchísimas veces sí puede. Compra silencio y compra justicia.


*"Cómo puede ser que me esté fijando en el busto y los muslos de Luisa Tellez", pensé. Sé que es normal en mí y en muchos otros hombres en cualquier circunstancia, aunque sea la más triste o más trágica, no podemos evitar el aprecio visual mas que violentándonos mucho, pero me hizo sentirme como un miserable –en el habla de la adolescencia un guarro– y aun así volví a medirle ese busto con la mirada, fue un instante o dos, y disimuladamente, con ojos tan velados e hipócritas que a continuación los bajé hasta mi plato y comí un bocado...

Mañana en la batalla piensa en mí. Javier Marías.