martes, 5 de diciembre de 2017

el visitante



Mi madre siempre nos habló pestes de los gatos. Creo que llegó un momento en que en verdad los consideré emisarios de Satanás, seres malignos con infames intenciones. Lógicamente, enemigos de los perros, tan buenos amigos nuestros.

Mañana hará dos semanas en que vi por primera vez a ese gato pardo asomado por la ventana mientras escribía. Voltee por la necesidad que se siente de mirar quién te está clavando la mirada en la nuca, aunque pocas veces se sabe que es por eso. Me sorprendió ver un gato. Un gato que me miraba con curiosidad científica, su mirada imperturbable. Me quedé mirándolo unos segundos. No le tomé importancia y regresé a teclear esas palabras que me estaba costando tanto trabajo acomodar. Unos minutos después viré la cabeza otra vez para ver si el visitante permanecía en su sitio, ya se había ido.

Seguí peleándome con las palabras y los enunciados. A veces la batalla dura mucho más de lo que quisiera, y no sirve de nada distraerme un poco con una revista o redes sociales, al volver al procesador sigue el amontonamiento en mi cabeza. Pero mientras lidiaba con los vocablos volteaba cada determinado tiempo para ver si el felino visitante había regresado. Fui consciente de hacerlo la tercera vez que giré mi cuello sin encontrarlo.

Tres días después estaba sentado frente a la computadora nuevamente. Ahora las palabras fluían con relativa facilidad, sólo me demoraban mi dislexia y mi obsesión, que me hace regresar sobre el párrafo hasta cambiar el orden de las letras mal puestas. La mirada del minino estaba puesta otra vez sobre mi cuerpo sentado, me estaba mirando cuando voltee a verlo tras sentir que debía hacerlo. Nuestros ojos coincidieron un rato hasta que decidí seguir, no fuera a ser que las celosas palabras vieran con malos ojos mi atención en otra cosa.

Pero esta vez el pequeño animal decidió quedarse más tiempo ahí junto a la ventana, acompañándome. Las tres veces que volví a girar la cabeza hacia donde reposaba lo encontré haciendo lo mismo. Creo que le sonreía cuando nuestros ojos volvían a coincidir.

Debe ser una sugestión mía, nuestras mentes son tan débiles y fácilmente confundibles, pero hace dos días que no aparece el maldito gato y no he podido escribir. Por más que trato de darle vuelta al asunto e intentar concentrarme, no puedo hacerlo. Volteo y volteo cada cinco minutos hacia la ventana sin encontrar a quien había bautizado como Buk, en honor a mi admirado Hank.

Pero no aparece Buk, ni tampoco un párrafo decente en mi página virtual. Y eso que compré una lata de Whiskas y se la serví en un platito. Tampoco mi madre me ha venido a visitar.